Por SALUSTIANO.-
En la mañana de hoy, a una semana de conmemorar los 16 años del matrimonio igualitario en la Argentina, la Legislatura provincial, en un gesto que resulta adecuado y necesario, teniendo en cuenta la ausencia absoluta de las cuestiones vinculadas a la diversidad en la agenda nacional (y provincial), resolvió celebrar y distinguir a militantes históricos que fueron, en ese momento (y siguen siendo), punta de lanza de un colectivo que, con sus intermitencias, nunca deja de crecer y organizarse.
Entre los homenajeados se destacaban el comunicador y docente Bruno Bazán, referente incansable y de enorme relevancia en nuestra provincia y a nivel nacional. Junto a él estaba Milagro Mariona, fundadora de Cruzadas y una de las primeras lesbianas visibles en ocupar un lugar en los medios de comunicación, poniendo de manifiesto la necesidad imperiosa de nombrar a esa parte de nuestro colectivo que, incluso dentro de la diversidad, fue históricamente la más invisibilizada.

Es totalmente a propósito que no me explaye en contarles qué fue Cruzadas, para que vayan a googlearlo.
También fueron distinguidos quienes, de un modo u otro, caminaron antes para que nosotras pudiéramos correr después. Personas que abrieron senderos cuando todavía no había caminos; que sostuvieron la dignidad en tiempos en que el simple hecho de existir podía costar la libertad, el trabajo, la familia o incluso la vida. Porque su historia excede largamente la militancia: es la historia de quienes fueron visibles cuando la persecución, la violencia y el estigma eran política de Estado; cuando, además de ciudadanos de segunda, éramos considerados enfermos. Todo eso representado en la persona de Rodolfo Peralta.
El abogado Augusto Moiken recibió también su reconocimiento y no pudo contener las lágrimas.
Y estuvo presente, incluso desde la ausencia, una de las figuras más entrañables e imprescindibles de la lucha por los derechos humanos y por los derechos del colectivo LGBT+ en Tucumán: Carolina Frangoulis. Aunque no participó del acto, su nombre despertó una ovación unánime. Porque hay personas cuya huella permanece allí donde se conquista un derecho, y Carolina es, para muchísimas generaciones, una auténtica agente de cambio.
El encuentro fue, finalmente, un contundente y amoroso ejercicio de memoria.
Y, a propósito de eso…
¡16 años de la ley! ¿En qué momento?
El invierno de ese año fue particularmente frío. Diría yo que fue uno de los inviernos más crudos que recuerdo. Es acaso atendible mencionar que lo que acabo de afirmar posiblemente sea una exageración. Mi cabeza tiene la costumbre de transformar percepciones en hechos cuando entiende que eso puede aportar cierto dramatismo. Pero, en cualquier caso, siempre que me lean, sepan esto: puedo estar exagerando. Mentir, no. Exagerar, sí. Y la verdad es que me parece adecuado agregarle un poco de escarcha a este recuerdo.
Yo estaba por entonces en tercero o cuarto año del secundario, en un colegio católico de la ciudad de Salta, de las más recalcitrantes y conservadoras de nuestro país, si no la más. Se jugaban cosas importantes y todos lo sabíamos. En el Congreso se debatía una de las leyes más trascendentales de la democracia reciente. Una ley que, de aprobarse, posicionaba a la Argentina en un lugar de absoluta vanguardia en materia de derechos LGBT y profundizaba la potente y contundente visibilidad de la Argentina en el mundo como un país en el que los derechos humanos eran realmente algo muy importante.
En el kiosco del colegio había un televisor y, durante los recreos, nos amontonábamos para ver cómo avanzaba el debate y qué barbaridad decía esta vez la oposición.
Entre sus figuras más estridentes estaban la entonces diputada nacional Cynthia Hotton, que llegó a afirmar que, si se aprobaba la ley, «en diez años vamos a tener una ley para casarnos con nuestros hijos», y el entonces diputado Alfredo Olmedo, quien dejó para la historia una frase de una elocuencia difícil de superar: «Yo tengo la mente cerrada y la cola también».
El nivel del debate, la verdad, estaba bastante empobrecido por argumentos de ese calibre. Pero no les vamos a pegar demasiado porque hoy estamos celebrando.
La ley salió. Y nadie sabe dónde está Cynthia Hotton.

La tensión que atravesaba a toda la sociedad, por supuesto, no era ajena a lo que sucedía dentro del colegio. Los alumnos, en general, estábamos entusiasmados con la posibilidad de que la ley fuera aprobada y entendíamos que eso era lo que debía suceder.
Del otro lado estaba buena parte del cuerpo docente que, con dos honrosas excepciones —el profesor Diego Malta, de Historia, y la profesora Melina Sola, de Comunicación—, se mostraba absoluta y completamente consternado. La homofobia les brotaba por los poros, aunque hicieran un esfuerzo por disfrazarla de otra cosa.
Apelaban a esas frases que ya entonces sonaban viejas: que tenían «un amigo gay», que a ellos no les importaba lo que cada uno hiciera de puertas para adentro, o cualquier otra variante de esa enorme simplificación que reduce el hecho de ser una disidencia sexual a con quién se acuesta una persona.
Era muy difícil discutir con gente que ignoraba tantas cosas para sí misma. Además de no saber absolutamente nada de las cuestiones vinculadas al género y la diversidad, tampoco tenía la menor idea de aquello en lo que pretendía apoyarse para impedir esta ley. Por ejemplo, las Sagradas Escrituras.
Usaban la Biblia como querían. Le hacían decir al Salvador, a Jehová, a Jesús —como quieran llamarlo— cualquier cosa. Hacían un copy-paste hasta que la Biblia terminaba diciendo exactamente lo que ellos necesitaban que dijera.
Y, en cualquier caso, la Biblia no deja de ser un objeto. Los objetos no opinan.
Pero no me quiero enroscar.
Lo que quiero decir con todo esto es que el clima estaba recontra picado. Y yo, que nunca salí del clóset porque, en realidad, nunca estuve en uno, había manifestado con mucha vehemencia que esta ley me parecía necesaria e importante.
Fue por eso que salí del colegio y me autoconvoqué en la plaza de mi provincia. En el cumpleaños de Adorni había más gente.
Éramos tres gatos locos que ni siquiera estábamos demasiado organizados alrededor de las siglas LGBTQ+. Tampoco estaba tan claro quién era qué. Todo era mucho más incipiente. Así que nos limitábamos a llamarnos los putos y las tortas. Porque éramos putos y tortas. Y alguna trava, por supuesto, siempre. Aunque en Salta —sobre todo en Salta— una trava de día era difícil de ver, porque te la hacían pasar negra. Pero también ese es otro tema.
La situación era angustiante, pero no porque creyéramos que la ley no iba a salir. La angustia tenía que ver con estar, por primera vez, frente a la posibilidad concreta de dejar de ser ciudadanos de segunda y descubrir cuánto les molestaba esa posibilidad a personas cuyas vidas no iban a modificarse absolutamente en nada con la sanción de esa ley.
En las marchas que habían antecedido ese día, alguna vez nos arrojaron naranjas desde la otra punta de la plaza. Eran señoras de apellidos sonoros y tinturas algo descuidadas. También había sucedido algo muy desagradable con una compañera que después se convirtió en una referente. No la voy a nombrar porque tal vez no tenga ganas de recordar ese episodio. Básicamente, le negaron la entrada, no al baño de mujeres: a cualquier baño, en una repartición pública que también había tomado posición sobre el tema.
Es decir, visto con los ojos de hoy, éramos ciudadanos de segunda. No por no podernos casar. Éramos ciudadanos de segunda porque existía un privilegio heterosexual ejercido y puesto de manifiesto como si, en el solo hecho de ser heterosexual, hubiera una virtud que habilitara a unos a prohibirles cosas a otros.
Creo que fue ahí donde nació en mí esa semilla que, gracias a Dios, floreció y dio fruto. A mí no me des permiso porque yo no te lo pedí.
Aunque la incorporación del amor como concepto basal de la reivindicación que se exigía… La Ley 26.618 nunca habló de amor. El amor fue el dispositivo para empatizar. No porque fuese mentira, sino porque no tiene nada que ver el amor con la burocracia. Acá legislábamos para modificar la distribución del poder. Hasta entonces, el Estado tenía una herramienta formidable: negar tu existencia como ciudadano. No era un problema romántico. Era un problema de ciudadanía.
El 15 de julio de 2010, el Senado aprobó el matrimonio igualitario por 33 votos contra 27. Antes, Diputados había dado media sanción por 125 votos a 109. Argentina se convirtió en el primer país de América Latina y el décimo del mundo en reconocer este derecho.
Y entonces ocurrió la tragedia más grande para los sectores que anunciaban el Apocalipsis. No pasó absolutamente nada. No cayó un rayo sobre el Congreso. Dios no pidió la palabra. La familia no desapareció. Los chicos siguieron naciendo. Los perros continuaron rompiendo almohadones. Los heterosexuales siguieron divorciándose con una constancia admirable.
Fue una enorme decepción para quienes habían anunciado el fin de Occidente con la misma convicción con la que después pronosticaron el fin del mundo por la educación sexual, por el lenguaje inclusivo y por cualquier cosa que oliera a igualdad.
El conservadurismo argentino tiene una cualidad conmovedora: jamás acierta un pronóstico, pero nunca pierde el entusiasmo.
Conviene recordar también quiénes pusieron el cuerpo para que esa ley existiera. No empezó en el Congreso. Empezó mucho antes, cuando las travestis morían a los treinta y cinco años, cuando las razias policiales eran parte del paisaje democrático, cuando una pareja de dos mujeres tenía que inventarse parentescos para entrar a una terapia intensiva y cuando dos hombres podían convivir veinte años sin existir para el Código Civil.
La igualdad nunca nació en un despacho. Siempre llegó desde la intemperie. Desde las travas. Desde las locas. Desde las lesbianas. Desde quienes primero tuvieron que conquistar el derecho elemental a no ser golpeados antes de reclamar el derecho a casarse.
Después vino la política. Y hay que decirlo con todas las letras: hubo una decisión política. Mientras buena parte del establishment sugería postergar el debate «para un momento más oportuno» —esa forma elegante que tiene la cobardía de pedir otros cincuenta años de paciencia—, Cristina Fernández de Kirchner decidió avanzar. Néstor Kirchner votó afirmativamente como diputado, en uno de los gestos más recordados de su breve paso por la Cámara.
También hubo quienes eligieron el otro lado de la historia. Gabriela Michetti y Federico Pinedo, ambos del PRO, votaron en contra. También Francisco de Narváez, del Peronismo Federal.
No es una lista para el escrache. Es un recordatorio de que los derechos nunca aparecen por consenso. Siempre hay alguien dispuesto a votar para que otro ciudadano siga siendo menos ciudadano.
Y, sin embargo, dieciséis años después, lo más interesante ya no es la ley. Es la amnesia.
Hay pibes de veinte años que no pueden imaginar un país donde dos hombres no podían casarse. Y qué alivio que así sea. Significa que la igualdad hizo su trabajo: dejó de parecer una extravagancia para convertirse en paisaje.
Pero cuidado. Porque los derechos tienen una mala costumbre: si uno deja de defenderlos, empiezan a parecer excesivos.
De pronto aparecen gobiernos que hablan de «batalla cultural». Funcionarios que vuelven a explicar qué es una familia. Influencers financiados para convencernos de que la igualdad discrimina y que la diversidad es una conspiración internacional organizada, probablemente, por una travesti con agenda de colores y demasiado tiempo libre.
Cambian los nombres. Cambian los hashtags. El mecanismo siempre es el mismo: inventar un enemigo para no hablar del verdadero. Porque, mientras discutimos quién se besa con quién, nadie pregunta quién se queda con qué.
Esa fue, quizá, la mayor enseñanza del matrimonio igualitario: que ampliar derechos nunca destruye una sociedad. Lo que la destruye es convencerla de que la igualdad constituye una amenaza y la desigualdad, un orden natural.
Dieciséis años después, la ley ya no necesita defensa jurídica. Necesita memoria política. Porque las leyes pueden escribirse en el Boletín Oficial. Pero la igualdad —la verdadera— sigue escribiéndose todos los días, en un país donde todavía hay quienes creen que un beso entre dos personas del mismo sexo resulta más peligroso que el odio organizado.
Y esa, más que una diferencia ideológica, es una pésima escala de valores.
Fuente Enterate


