La industria manufacturera en Argentina enfrenta un panorama de estancamiento, evidenciado por la caída en la importación de maquinaria y componentes. En junio, la compra de bienes de capital disminuyó un 8% interanual, mientras que la de piezas y accesorios registró una merma del 9,4% en el mismo período. Estos datos se suman a la contracción del 5,6% interanual en el nivel de producción industrial, según el último informe del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) correspondiente a mayo.
Este descenso en las importaciones es una de las explicaciones detrás del saldo comercial récord que registra el Gobierno, pero también se asocia con un escenario de recesión. La tendencia de baja en las compras de insumos y maquinaria se mantiene a lo largo del año, coincidiendo con un bajo uso de la capacidad instalada en las fábricas, que promedia un 58%. Sectores como el metalmecánica (38%), el plástico (39%) y el textil (42%) muestran niveles particularmente bajos. Además, relevamientos de economistas independientes, como la fundación FIEL, anticiparon que la producción industrial de junio volvió a caer un 1,7% respecto del mes previo, con números negativos en casi todas las ramas, salvo la petrolera, la de metales básicos y la alimenticia.
Las proyecciones económicas también reflejan esta situación. La última encuesta de Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central ajustó las expectativas de crecimiento de la economía a un 3%, por debajo del 3,5% estimado en diciembre. De manera similar, el Fondo Monetario Internacional corrigió su previsión a la baja, del 4% al 3%. Estas revisiones están en línea con una expectativa de menor volumen de importaciones para el año, estimándose que no superarán los u$s76.400 millones, frente a los u$s80.700 millones previstos a principios de año.
Composición de las importaciones y el debate económico
La situación se complejiza al observar la composición de las importaciones: mientras los insumos para la industria se estancan, la compra de automóviles y productos de consumo final muestra dinamismo, representando más del 20% del total importado en el año. Este fenómeno genera un contraste entre el desplome general de las importaciones y el aumento de compras en servicios online. En el primer semestre del año, las importaciones totales sumaron u$s35.531 millones, lo que implica una caída del 4% respecto al año anterior. Inicialmente, esta baja se atribuía a la acumulación de stock por expectativas de devaluación previas a las elecciones legislativas, pero este argumento pierde fuerza nueve meses después, sugiriendo que el descenso es una tendencia estable.
Los economistas suelen atribuir el rezago industrial a una caída del consumo interno, más que a problemas de competitividad. Una regla generalmente aceptada en Argentina indica que, para que el Producto Bruto Interno (PBI) crezca un punto, las importaciones deben aumentar un 3%, dada la dependencia de insumos y maquinaria importada por parte de la industria y el sector agropecuario.
El fin de la restricción externa y nuevos desafíos
A diferencia de crisis industriales anteriores, actualmente no existen restricciones en el acceso a las divisas, aunque persiste el debate sobre el atraso cambiario. El tipo de cambio subió apenas un 2% en el primer semestre, mientras la inflación acumulada en el mismo período fue del 16,8%. Sin embargo, el Gobierno argumenta que el boom exportador es prueba de que ya no hay atraso cambiario y que se está produciendo un cambio de modelo donde no rige el clásico problema de la “restricción externa”.
La clave de este cambio, según la proyección de Toto Caputo, es el auge productivo de Vaca Muerta, que en pocos años podría disputar al sector agropecuario el liderazgo de las exportaciones. Este nuevo panorama sugiere que, pese al posible sufrimiento de algunas ramas industriales por problemas de competitividad, esto ya no sería sinónimo de déficit en la cuenta corriente o inestabilidad cambiaria. Por lo tanto, se anticipa que no se producirán los tradicionales ciclos de “stop and go” que justificaban regulaciones cambiarias. En este contexto, un valor hipotético de dólar de $1.490 no implicaría una presión para que los importadores acumulen stock por temor a una devaluación inminente. Esta situación, si bien atenúa las corridas cambiarias, también genera nuevos temores, como la instalación de la “enfermedad holandesa”, un escenario de equilibrio con tipo de cambio bajo que dificulta la competitividad industrial y puede generar alto desempleo.
Fuente: iprofesional.com
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